El jueves 19 de octubre NORMAL presenta una nueva exposición, que se inaugurará a las 20.00 h. y que podrá ser visitada hasta el día 2 de febrero de 2024. La exposición de Rubén Santiago está comisariada por Susana González.
En A Coruña, la relación entre el agua y la ciudad se vio influenciada por su geografía costera, que se adentra gradualmente en el mar, así como por la histórica escasez de agua dulce, que llevó a prácticas de abastecimiento especulativas.
La isla que alberga el Castillo de San Antón es ahora sede del Museo Histórico Arqueológico de A Coruña, una institución municipal de propiedad y gestión pública desde 1968. Con todo, en el pasado, sobre esta isla, conocida cómo Pena Grande, se hallaba una capilla medieval dedicada a San Antón que se empleaba como lugar de cuarentena para personas afectadas por enfermedades como el ergotismo y la lepra. En el siglo XVI, debido al crecimiento comercial, la isla fue fortificada y cumplió funciones defensivas. Después, en un período de estabilidad geopolítica en Europa, se convirtió en prisión, albergando a reclusos comunes y políticos durante dos siglos. La arquitectura del castillo no solo es una expresión estética y funcional; también constituye un testimonio tangible de la historia de la ciudad y de sus transformaciones, manifestando dimensiones emocionales e inmateriales de su identidad.
Desde que el espacio hermético de la prisión se convirtió en un museo transitable, son muchas las personas que atesoran recuerdos de ese lugar. Rubén Santiago es una de ellas. La historia de su tío abuelo, acusado de participar en el incendio de la casa de un cura en la provincia de Lugo, juzgado por sedición y encarcelado en el castillo en 1937, lleva consigo trazas del sufrimiento durante el período de la guerra, las diferencias ideológicas en la familia y las complejas emociones asociadas con estos recuerdos. La imagen infantil, construida a través de las narraciones de su padre, ya predefinirán su percepción del castillo y, en su primera visita, la distorsión de la conjetura llevó a Santiago a visualizar el aljibe como el posible “calabozo” donde su familiar habría permanecido semisumergido durante años.
Desde esta primera conexión que entrelaza la memoria personal y la ficción, Santiago elige un espacio afectivo, una isla de agua dulce contenida en el corazón del granito. La cisterna del subsuelo no solo recoge las aguas pluviales, sino que también desempeña la función de pozo de los deseos, opera como lugar de ofrenda dirigida a concretar una aspiración y actúa como receptáculo y testimonio de las ansias y de la historia de los visitantes en el transcurso de décadas sucesivas.
Santiago realiza una transferencia, tanto metafórica cómo física, de estas dimensiones internas, memorias y deseos, hacia el ámbito público y al espacio común de la sala expositiva. Para alcanzarlo, retira el agua, encapsulando 150 litros en 10.000 viales de vidrio y drenando el resto al mar. Los viales, de 15 mililitros cada uno, que contienen agua estancado, posiblemente contaminada, se presentan como dispositivos medicinales en la sala. Invita a los visitantes a tomar una unidad como gesto simbólico, cuestionando la noción de objeto artístico, el papel de la institución como “depósito” de capital intangible y, a su vez, señalando un modo de autoría disonante, convirtiendo el vial en un signo de agradecimiento y compensación por la visita.
En simultáneo, durante noches consecutivas, procede a retirar las monedas. Este acto de vaciar una tonelada de monedas de una institución pública y ponerlas al servicio de la ciudadanía desafía, de manera subversiva, el sistema, cuestionando sus normas y estructuras. Santiago revierte la situación proponiendo la transformación de la suma dieras deseos individuales en un posible recurso colectivo. Para eso, propone a la ciudadanía una votación popular no vinculante que permita determinar su posterior destino.
Para Rubén Santiago, el deseo se convierte en un acto revolucionario y disruptivo de intervención y pensamiento. El proyecto destaca consideraciones sobre el valor del cambio y el valor del uso, asociados con el intercambio, la utilidad o el beneficio de un bien (arte/agua/dinero), y cuestiona la desaparición del objeto debido a la digitalización monetaria que restringe la autonomía personal en favor del incremento de la vigilancia y del control. Asimismo, apela la otras inminencias de tipo ecológico y de supremacía social relacionadas con la politización de los recursos hídricos y la desprotección de su valor esencial.
